Mypsyco.

El lugar para ser uno mismo

¿Quién serías si no tuvieras miedo a la soledad?

La soledad. Eso de lo que tratas incansablemente de huir, de echar a correr sin mirar atrás para que no consiga arrollarte, el temor de los temores, el máximo representante de los miedos humanos. Ese miedo al que ves de reojo y le rehuyes la mirada, y sigues con tu vida, y haces, y actúas… sin demasiado sentido, pero así por lo menos consigues tiempo; tiempo para pensar cómo seguir regateándolo sin que se cuele en tus entrañas.

Y buscas mil maneras, tu vida se convierte en una gran estrategia para capear la soledad. Y no hablamos de soledad física (‘que ya sabemos que somos todos muy independientes’) sino de la soledad emocional, algo mucho más profundo, algo que se hace respetar.

Y te conviertes en una marioneta de tu miedo a la soledad, que dirige tu vida, porque tú dejas tu vida en sus manos… dejando de ser tú. Y haces cosas que pensabas que no harías, y aceptas cosas que no deberías, y vas perdiendo poco a poco tu esencia, sin apenas darte cuenta. Hasta que en algún momento, una parte de ti se ilumina y te pregunta, ¿quién eres? A la que no encuentras una respuesta…

Ese preciso momento es un primer choque con la realidad. Una realidad que has intentado frenéticamente de evitar, y que por primera vez no tienes más remedio que empezar a mirarla, aunque sea de refilón; y ahí está, quieta, mirándote, esperando a que te acerques, pero sigues sin verlo claro y buscas huir; por supervivencia. Y te aferras a lo que sea, y clavas tus uñas a lo que pilles más cerca… en un llanto de angustia.

Pero dentro de ti sabes que si huyes no lograrás ser tú, no avanzarás, seguirás dejándote manejar por un títere y vivirás toda tu vida huyendo, con la bandera de la felicidad a medio asta.  Y sientes que no puedes aceptar eso. Porque aceptar eso es renunciar a ti.

Entonces es cuando consigues sacar fuerzas de algún lado que pensabas que no tenías, y eso te hace sentir todavía más fuerte. Y empiezas a mirarle al miedo a los ojos, con temor, con respeto, pero con la valentía suficiente como para reconocer que le tienes miedo. Y entonces te invade la rabia, rabia por haber dejado el control de tu vida en manos ajenas, rabia hacia ti mismo porque te has engañado… Pero la rabia perfecta para chulearle al miedo, para que te dé la garra suficiente como para romper tus propias cadenas. Y empiezas a gritarle, a asustarle para que se haga pequeño y tú cada vez más grande, pero a la que paras vuelve a crecer; y persistes; y te juras a ti mismo: “esta vez no me llevarás contigo…”

Y al final lo consigues; agotado, sin aire… habiendo perdido muchas cosas por el camino… triste pero contento, agrio pero dulce, descolocado… pero lo has conseguido, ya no hay marcha atrás, has podido con tu mayor miedo, y sí, estás solo, y más solo que antes, porque tú has conseguido salir y los demás siguen atrapados.

Pero ahora te tienes a ti, y solo te queda ser tú mismo.

Eres libre.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *